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Temas, tramas y traumas de un amante impotente... perdón, de una mente imponente

Tag: Música

Round de sombra vs. Bob Dylan

Hace exactamente un año, Bob Dylan ya estaba en la Ciudad de México para dar dos conciertos en el Auditorio Nacional. Pero nadie había podido verlo.bob-dylan-4

Justo la noche anterior, domingo 24 de febrero, yo estuve en el hotel Four Seasons viviendo el descontrol de todo mundo. Dylan había llegado cuando nadie lo esperaba, estaba en su habitación y no iba a salir. Y si salía, nadie iba a saberlo.

En una mesa del jardín del hotel reconocí a su bajista, Tony Garnier. Esperé a que terminara de cenar. Encendió un puro y se lo fumó tranquilamente mientras platicaba con un tipo muy delgado, de lentes, que luego resultó ser el mánager de Dylan.

Cuando me pareció prudente, le pregunté a Garnier que si él era él y amablemente me dio un autógrafo. Le dije que yo estaba ahí “para los conciertos”, sin aclarar que a esas alturas ya era el no-traductor oficial de su jefe en México.

“Nadie puede hablar con Dylan. Nunca”, le había dicho el promotor argentino Diego Finkelstein a mi tocayo, Sergio Mayer, unos minutos antes.

En otra mesa, el guitarrista Denny Freeman bebía algo a solas. Y en otra, más arrinconada, el baterista George Receli y el otro guitarrista, Stu Kimball, platicaban de algo que parecía serio.

Yo ya había visto a Kimball en la calle una vez, justo afuera del hotel Wellington de Nueva York, tres meses antes. Aquella vez le pedí un autógrafo. Apoyó la libreta en su pierna derecha, me preguntó mi nombre y estampó su rúbrica. “Nos vemos en el concierto”, le dije después de agradecer. Y caminé media cuadra hasta el New York City Center, donde una hora después Dylan dejó claro por qué sigue siendo el rey.

Esa misma noche vi a Mickey Rourke por segunda vez en mi vida. Una vez más en un concierto de su amigo Bob Dylan. Traía una chamarra de cuero negro y botas de piel de víbora. “¡Señor Rourke!”, le dije, como si fuera a acordarse de nuestro primer encuentro, aquel Sábado de Gloria de 2005. 

“Sí, hola, qué tal”, me dijo, muy apurado.

En México, tres años después y frente a mí, Stu Kimball estaba ahí de nuevo. Pensé acercármele y decirle algo. Pero desistí. Tal vez porque Receli tiene cara de pocos amigos (aunque luego, en Zacatecas, hablamos un par de minutos y resultó ser el más adorable de todos.)

Me metí al bar. La tele estaba puesta en los Oscares y justo en ese momento anunciaban la categoría de Mejor Actriz de Reparto. Entonces entró al bar la dramaturga Sabina Berman, para añadirle aún más rareza a la noche.

Mi relación con Sabina siempre ha sido áspera. Una vez, hace muchos años, le dejé diez minutos de insultos en la contestadora porque un actor, que trabajaba para ambos, no llegó a mi función de teatro por estar filmando con ella.

La película de Sabina era Pancho Villa. Mi obra, un montaje de True West, de Sam Shepard, coautor de la canción de Dylan “Brownsville Girl” y responsable del Rolling Thunder Logbook, un libro-bitácora de la gira Rolling Thunder Revue, donde Bob se pintaba la cara de blanco.    

Dos años después de las mentadas en la contestadora, vi Moliére y le llamé a Sabina Berman para decirle que era una obra espléndida y que al verla había llorado.

Luego otra vez volvimos a enemistarnos. O eso supongo, porque en el bar del Four Seasons me vio muy feo.

Entonces anunciaron que el Oscar lo había ganado Tilda Swinton por Michael Clayton y no Cate Blanchett por Mi historia sin mí, en la que interpretaba… a Bob Dylan, que en ese momento estaba a unos metros de ahí, en alguna suite que no daba a la calle, como había solicitado en el ryder.

Tan cerca y tan lejos. Y tal vez viendo lo mismo en el mismo momento: viéndose perder su Oscar indirecto. Read the full article »

El día que la música murió

Es una historia que se ha contado miles de veces y se seguirá contando.

El 3 de febrero de 1959, hace exactamente 50 años (también era martes) se desplomó una avioneta donde viajaban Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper. Estaban a la mitad de una gira por el Noroeste de los Estados Unidos, “donde el viento golpea fuerte en la frontera” canta Bob Dylan en “Girl From The North Country”.

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Por estas fechas, esa región fronteriza entre EU y Canadá anda en temperaturas muy por debajo de los cero grados. Además, hace cincuenta años “no existía la ropa que hay ahora”, dice el propio Dylan, oriundo de Minnesota, en el documental No Direction Home, donde explica que “en invierno nos teníamos que poner tres pantalones y cinco camisas”. Y aún así no se les quitaba el frío.

Tampoco existían los sistemas de calefacción que hay ahora. Y para acabarla, Ritchie, el Big Bopper, Dion y sus Belmonts,  Buddy Holly y sus Crickets y todos los demás involucrados viajaban en camiones que antes habían sido escolares.

Esos transportes se derrapaban en la nieve a cada rato, mientras los pobres músicos y sus secres trataban de dormir pegados unos a otros, cubiertos con cobijas, jugando cartas, cantando y contando historias.

De todas las reseñas de discos que he escrito, la que más me gusta empieza así: “Charles Hardin Holley despertó aquella mañana después de un sueño inquieto y sorprendióse en su cama convertido en un grillo”.

Quien haya leído La metamorfosis de Kafka sabe que así comienza, pero quien despierta es Gregorio Samsa, y no convertido en grillo, sino en un “monstruoso insecto”.

En cambio, la mañana de Charles Hardin Holley fue muy feliz, pues no despertó siendo un monstruo, sino un cricket, un grillo cantor. Así que con ese nombre bautizó a su banda, The Crickets. Uno de ellos, Waylon Jennings, se convertiría tiempo después en una leyenda del country, pero en las primeras horas de hace 50 años dijo algo de lo que se arrepintió toda la vida. Read the full article »