Encuentros con José Joaquín Blanco (revisado)

 

Escribí Encuentros con José Joaquín Blanco en 2010, para conmemorar los 60 años de vida de quien considero el mejor escritor mexicano del siglo XX y lo que va del XXI.

El texto iba a publicarse en un libro, que incluiría ensayos de varios autores y que saldría de la imprenta el 19 de marzo de 2011, justo el cumpleaños de Blanco.

El libro nunca se publicó. Pero ahora, aprovechando el estreno de su obra de teatro Placer o no ser. Un misterio musical, protagonizada por Maru Dueñas y Jaime López (quien además es coautor del libreto) hago públicos estos Encuentros, a los que aquí agrego el más reciente y feliz:

José Joaquín, sentado en una butaca del Polyforum al terminar la primera función de Placer o no ser, aplaudiendo. Está contento. Un rato después, me dice que el montaje le gustó mucho. Como director de teatro, esas palabras suyas son una medalla invisible que porto con orgullo.

ENCUENTROS CON JOSÉ JOAQUÍN BLANCO

Me amaba (pero en Plateros)”. Uno de los grandes placeres de mi vida era escuchar esas palabras en la voz de su autor: José Joaquín Blanco.

Una vez cada semana, en un lugar clandestino conocido como el Bebys’ Bar, el gran escritor se volvía animal escénico durante hora y media, y relataba la caída de gracia de un preso que alguna vez fue libre, joven y amante de una tragicómica mujer fatal llamada Geles.

La obra era La desgracia del castigador, basada en la novela El castigador, del propio Blanco. El resto del elenco lo conformábamos Jaime López, Raúl Aldana y un servidor. Los cuatro nos turnábamos para encarnar al castigador del título, y entre los cuatro íbamos ampliando la imaginación del respetable, para que ahí cupieran las nalgotas de la tal Geles y sus tenebrosas aventuras: en el gobierno tenía un puestazo en el que nomás iba a cobrar. Era tortita de un influyente y había sido vedette.

Entre los cuatro le dábamos la bienvenida al escenario de un centro nocturno inexistente, con epítetos como “El Culo del Mundo” y “La Rorra Pedorra”. Recuerdo a Aldana, gran actor de doblaje, haciendo de Castigador Joven, contando cómo la Geles lo había seducido con “una mamada de aquellas, la primera gran mamada de mi vida, y todavía recuerdo que me vine durísimo, hasta creo que me dolió, y no supe si dolía por todo lo rico que estaba sintiendo o porque la aferrada de la Geles me la mordía, porque hasta entonces en cosas del placer yo era un neófito, puras chaquetitas de chas chas y ya. Así que ahí le dejé mi virginidad, en su mera bemba, y yo me guardé el pito todo manchado de bilet”.

Recuerdo a Jaime López como Castigador Viejo, primero cantando “Los pilares de la cárcel” y luego diciéndole al público que él también había sido joven y galán. “¿A poco cree que nací así como estoy?” le preguntaba el gran López a algún espectador, a quien luego le soltaba una amenaza de esas que siempre se cumplen: “Como te ves me vi, como me ves te verás. Este es el verdadero lado de la vida. Allá en la juventud sólo se está un ratito”.

La vejez como expulsión, no digamos del paraíso, sino de un mundo más o menos soportable, es un tema recurrente en la obra de José Joaquín Blanco. En uno de los ensayos de Se visten novias (somos insuperables) habla de cómo los niños desamparados dan ternura y ganas de protegerlos, mientras que los viejos sólo provocan rechazo.

Es obvio que estoy empezando a divagar, pero pienso que a través de recuerdos, en el orden caprichoso en que lleguen a mi memoria, puedo hacer el retrato más fiel del José Joaquín Blanco que conozco y admiro.

Me lo presentó Jaime López. La primera vez que hablamos fue en el hoy desaparecido Tony Roma’s que estaba frente al también desaparecido antro gay El Vaquero. Lo primero que hizo José Joaquín fue regalarme una copia engargolada de La generosidad de los extraños, una obra de teatro que escribió junto con Luis Zapata, acerca de una insufrible diva de la actuación. La obra estaba llena de referencias a Un tranvía llamado Deseo, que le fascinaba a la diva en cuestión, y que en ese momento yo estaba dirigiendo, con Diana Bracho en el papel de Blanche DuBois.

Los desplantes de la diva ficticia de Blanco y Zapata se hicieron realidad en mi vida: poco después de aquel primer encuentro con Blanco, renuncié al proyecto de Un tranvía llamado Deseo, porque la Bracho no acataba ninguna de mis indicaciones. La obra se estrenó con otro director. Cuando salí por última vez de la casa de Diana, me di cuenta de que, el día que nos conocimos, José Joaquín Blanco me había regalado una advertencia, que tontamente ignoré.

Antes de conocernos, yo ya lo había visto. La primera vez, leyendo un texto acerca de Jaime López después de un concierto de éste. El texto sostenía que las canciones de López hacían que la vida no fuera “tan pinche fea”. La segunda vez, fue en la primera versión de La desgracia del castigador, en la que Blanco, Aldana y López (autonombrados “Los hemanos Engels”) hacían de las suyas con unos cuantos elementos escénicos: una peluca afro multicolor, un micrófono antiguo y un peine Pirámide que José Joaquín se ponía de bigote antes de quedarse inmóvil, mientras Jaime cantaba “Espantapájaros”.

Había un momento de ese montaje que no olvidaré jamás: José Joaquín Blanco, completamente solo en el escenario, de pie ante el público, narrando un pasaje del marrano romance de la Geles y el Castigador. Su actitud era muy seria. Su voz también. Pero su nariz estaba cubierta por una verga de plástico. Era de risa loca. Muchos escritores tienen pánico escénico. Otros, que gustan del reflector, se ocultan tras muletillas, imposturas y engolamientos insoportables. José Joaquín Blanco es el único gran escritor que yo conozco, que se ha atrevido a tanto sobre un escenario. Esos son huevos, y no de plástico.

Ese recuerdo me lleva a otro anterior: mi primer encuentro con la prosa de Blanco, a través de su novela Las púberes canéforas. La editorial era Océano. La portada, el torso de un hombre hipermamado, que llevaba una cajetilla de cigarros bajo una de las mangas cortas de su blanca y ultraembarrada camiseta blanca.

En ese libro, la frontera entre la ficción y la crónica urbana se cruza todo el tiempo. En él habitan algunas de las descripciones más sórdidas de la vida nocturna de la Ciudad de México. Hay un pasaje que se desarrolla en un burlesque (el Bingo-Bango) donde una mujer, en vez de hacer striptease, se pasea entre las mesas tratando de hacer reír a los clientes. Su rutina incluye la siguiente frase: “¿Qué no han visto cagarrr a una mujerrr?” No digo más. Bueno, sí: en comparación, William Burroughs es un fresa.

Las formas más bajas del show business llaman poderosamente la atención de José Joaquín Blanco. Al igual que las actrices de telenovela y las cantantes famosas, esa mujer del burlesque también es una artista. Y también lo es Melba, una payasa vieja cuya historia leí en La iguana del ojete, una revista extraordinaria, previa al internet, sin publicidad y sin ilustraciones, que traía textos de Blanco, López, Zapata y otros escritores magníficos. La distribución se hacía entre unos cuantos afortunados, amigos de los autores. Aún conservo mis ejemplares en el baúl de los tesoros.

Hoy en día, La iguana del ojete es el blog de José Joaquín Blanco, quien ha dejado de colaborar en medios impresos para dedicarse a publicar casi exclusivamente en línea (excepto por los libros, a los que aún no renuncia). Esto iba a ocurrir tarde o temprano: la blogósfera es el único lugar capaz de seguirle el paso al prolífico Blanco. En línea, no tiene que preocuparse por un límite en el número de cuartillas, ni por la los temas que quiere abordar. Es su propio editor. Internet le ha dado una autonomía que exprime hasta el límite.

Por lo menos una vez al mes, Blanco publica un nuevo texto en La iguana del ojete. A veces son ensayos sobre escritores como Chesterton y W.H. Auden. Otras veces, son cuentos memorables: “Indito de ojos azules”, “El gran amor de su vida” o “La prima Trini”.

Uno de esos cuentos merece mención especial. Se trata de “Cartas de una chica techno a El Gallo Pitagórico”, en el que una chava se somete a la espera humillante afuera de un antro, mientras le susurra insultos a Juan Bautista Morales, “El Gallo Pitagórico” (1788-1856) a través de una grabadora portátil. La chava, ni está loca ni se hace la interesante: está tomando notas para una tarea.

Dije que “Cartas de una chica techno…”  es un cuento, pero la verdad es que se resiste a la clasificación. Es una crónica urbana (género que Blanco elevó al nivel de arte en los años 80) y al mismo tiempo es un lúcido ensayo literario y un cuento divertido y conmovedor.

Cuando la chica techno consigue, finalmente, entrar al antro luego de cuatro horas de pie, y se pone “a raspar la cazuela de la noche”, sabemos que su parranda se ha echado a perder, pero ha establecido una relación personal con el “pinche Gallo” de su tarea. Debajo de ese pelo “embadurnado de aceite para dar sensación de suciedad laboriosa” hay mucha inteligencia y sesibilidad. Sin embargo, nuestra chica techno no se da cuenta de que no tiene por qué estar aguantando cadeneros mamones, ni de que en esos antros no va a encontrar galanes que valgan la pena. No se da cuenta… todavía.

El historiador Luis González y González (acerca del cual hay un ensayo en La iguana del ojete) contó la historia de su terruño en Pueblo en vilo, y así logró una radiografía de todo México. Del mismo modo, en “Cartas de una chica techno a El Gallo Pitagórico” está contenida la esencia de gran parte de la obra de José Joaquín Blanco: su capacidad como cronista del México presente y como historiador del México pasado, ceñidos ambos a las órdenes de un tejedor de ficciones en dominio absoluto de su oficio.

La generosidad de Blanco con el lector es indiscutible. No le da miedo acercarse al dolor para obtener un gran relato, comparte toda la información que tiene con la mayor claridad, y su entusiasmo es contagioso. En “Cartas de una chica techno…” logra hacer que la literatura mexicana del siglo XIX, tan aburrida en las aulas, se sienta como un organismo vivo, tan actual como la protagonista, en cuya historia parece haber un optimismo velado que, si uno pone atención, se alcanza a percibir hasta en el José Joaquín Blanco más apocalíptico (ése que ve un México futuro donde sólo habrá puestos de fritangas que nos venderemos unos a otros).

“Me amaba (pero en Plateros)” decía el gran escritor en voz alta ante aquel público de bar clandestino. Era el segundo acto de La desgracia del castigador, en la que ya ni nos acordábamos de la Geles y su amante. López tocaba canciones de estreno, Aldana daba rienda suelta a sus dotes de comediante, yo imitaba a Octavio Paz y José Joaquín nos leía, de su libro Un chavo bien helado, la crónica de una “Güera-bien-rockera” que vivía en la Unidad Plateros, donde antes había estado el manicomio de La Castañeda.

La Güera, que bien podría ser abuela, vive instalada en la adolescencia eterna de Plateros, donde “muchachotes desempleadotes juegan en shortsitos a las caniquitas”.

De la Unidad Garrido Canabal, donde vivían el Castigador y la Geles, habíamos pasado a la Unidad Plateros de la Güera. De cuando en cuando, López, Aldana y yo interrumpíamos la lectura de “Me amaba (pero en Plateros)” para cantar “Aquariuuuuus, aquaaa-riiii-uuuuus” del musical Hair.

Era la colonia Portales, en un antro clandestino llamado Bebys’ Bar. Era 1996. Yo había sufrido mi primera gran decepción profesional: me había tenido que bajar de un tranvía llamado Deseo. Fue entonces que la vida quiso que compartiera el escenario con gigantes, cubierto bajo el manto genial de los textos de José Joaquín Blanco. Fue uno de los grandes placeres de mi vida.