Plaza de Armas de Zacatecas, hace exactamente un año. Son más o menos las once de la noche y Sergio Mayer y Jack Borovoy no saben qué hacer conmigo. Estoy llorando.
Es la última canción de la gira de Bob Dylan en México. Luego de casi 40 veces de verlo tocar en vivo, sigo sin poder reconocer las canciones desde el principio. A veces tengo que esperar que Bob cante los primeros versos. A veces tengo que esperar hasta el coro. En el segundo concierto del Auditorio Nacional, creí que “Boots Of Spanish Leather” era una canción nueva durante casi tres minutos. Ésa es parte de la maravilla de Dylan: nos mantiene adivinando.
Pero volvamos a Zacatecas. Empieza la última canción. Sabemos que es una balada. Mi tocayo Mayer y Jack piensan que es ”Blowin’ In The Wind”, que tocó en Guadalajara. Yo decido esperarme antes de dar un veredicto. Dylan canta: “Que Dios te bendiga y te guarde siempre,/ Que todos tus deseos se hagan realidad,/ Que siempre ayudes a los demás/ Y los demás te ayuden a ti”.
“Es ’Forever Young’, les digo. Y me tengo que tapar la cara mientras Dylan continúa: “Que construyas una escalera hasta las estrellas/ Y escales cada peldaño,/ Que permanezcas por siempre joven,/ Por siempre joven, por siempre joven,/ Que permanezcas por siempre joven”.
Cuando lo vi tocar en el Festival de Jazz y Blues de Nueva Orleans, un año antes del huracán Katrina, Dylan puso una rodilla en tierra al terminar el concierto. Pero su homenaje a México me parece aún más bello: “Que al crecer seas justo,/ Que al crecer seas veraz,/ Que siempre sepas la verdad/ Y veas las luces a tu alrededor”.
Luces a su alrededor era lo que Dylan estaba viendo en ese momento. Un montón de encendedores y celulares prendiéndose frente a él. Puedo verlo más cerca que nunca. Quisiera decir que está contento, que está conmovido, pero no podría asegurarlo. Casi nunca sé qué está sintiendo y jamás sé qué está pensando. Pero las canciones hablan solas y más “Forever Young”, de la que hay dos versiones en un mismo disco (Planet Waves).
El concierto debe haber empezado como a las 8:30 de la noche, pero las gradas ya estaban llenas desde el mediodía. Concierto gratuito. Y la fila para llegar a la Plaza de Armas era larguísima. Una chica esperaba entrar al área de la Plaza de Armas sentada en la banqueta, con su L.P. de Nashville Skyline en la mano. Es más posible que se saque la lotería a que el hermético Dylan le firme el disco. Pero hay gente que se ha sacado la lotería. Y la esperanza es lo último que muere. Y hay golpes de suerte.
Una vez estaba esperando a una amiga en el vestíbulo del Madison Square Garden para ver a Dylan. Ella venía en metro desde Brooklyn y llegó por la parte trasera del recinto. Vio a alguien con un suéter rosa de angora fumando y se acercó a pedirle fuego. Era Bob. “Eres muy joven para fumar”, le dijo. Pero aún así le encendió el cigarro. Algo en mí no termina de creer esa historia. En parte porque mi amiga no siempre dice la verdad, y en parte por envidia. Pero el suéter rosa de angora… lo creo. Hacía mucho frío. Dylan siempre trae sudaderas grises con capucha cuando llega a los camerinos, pero ese día estuvo platicando con Al Gore en backstage -lo dijo durante el concierto- así que tal vez quiso verse menos informal. Mucho más joto, pero menos informal. (Si al festival Sundance llegó una vez con el pelo alaciado y rubio, todo es posible.)
El caso es que la fila era eterna. Agradecí mil veces conocer a Mayer y Jack. Estaba muerto de cansancio. Cuando me levanté aún era de noche para poder llegar a Zacatecas y transmitir La Taquilla desde mi hotel con toda tranquilidad. Perdí el vuelo.
Cuando compré el boleto (por teléfono y con tarjeta de crédito) el idiota que me atendió me dijo que el avión iba a salir por la nueva Terminal 2. Al llegar ahí, me dijeron que tenía que irme a la Terminal 1, pero que no podía irme por el ”tren” que las conecta, ya que no tenía boleto. Y para obtener el boleto tenía que ir a la otra Terminal. ¿Pero cómo? Ah, pues en uno camiones guajoloteros que cobraban 15 pesos la dejada. Si me hubiera ido en uno de esos la noche anterior, ya habría llegado a Zacatecas en ese momento.
Total que mi avión estaba despegando mientras yo alegaba en tierra con la gente de la aerolínea. Estuve a punto de tirar la toalla e irme a la estación de radio. No lo hice. Me fui en un avioncito de Aeromar idéntico al que me llevó de Houston a Memphis a ver a Dylan un año antes. Son aviones tan chaparros que me di un madrazo en la frente al entrar. Exactamente en el mismo lugar donde me di otro madrazo en el avión rumbo a Memphis, donde casi me agarra un tornado. “Dios”, dije mientras veía cómo volaban las casas en Arkansas por las noticias, “yo te dije que conocer la casa de Elvis, no a Elvis”.
Memphis tiene un gran encanto sonoro y el Mississippi es indescriptible, pero Zacatecas debe ser la ciudad más bella de México. Al menos las partes que me tocó ver. Le tomé fotos al cielo. Le tomé fotos a la pintura de una mujer desnuda que estaba en mi habitación. La Plaza de Armas estaba casi junto a mi hotel, pero no lo suficiente como para ver el concierto desde ahí. En el hotel de junto, algunos privilegiados (los integrantes del grupo Miranda, por ejemplo) vieron a Dylan desde su balcón.
Zacatecas es del color del barro. Es rojiza, del tono favorito del artista que pintó en las cuevas de Altamira. Además, las nubes están muy abajo o Zacatecas está muy arriba, porque las hermosísimas iglesias las arañan a cada rato. A nivel climático era un día perfecto para un concierto, pero aguantar ocho horas de pie no deja de ser una proeza. Un señor había venido desde quién sabe dónde en Estados Unidos para ver a su ídolo. Lo había visto cerca de 70 veces. Una vez por cada año de su vida. Iba con su nieta. Dos horas antes del concierto yo estaba adelante de la valla de seguridad y platicaba con ellos. Les llevé agua un par de veces, pero luego pensé que eso los haría querer orinar, y donde estaban no había modo.
Antes de llegar a la Plaza de Armas fui con Jack al hotel Quinta Real, donde estaban hospedados él, Mayer y el propio Dylan. El Quinta Real se construyó en 1866, un siglo antes de que Dylan grabara Blonde on Blonde y tuviera su famoso accidente en motocicleta. El hotel nació como plaza de toros, se llamaba San Pedro y funcionó como tal hasta 1975, año en que Dylan por fin puso a la venta los Basement Tapes, que grabó mientras se recuperaba del accidente. En 1989, la plaza de toros San Pedro se convirtió en este hotel bellísimo, donde Dylan pasó la noche del 24 al 25 de marzo del año pasado.
Al llegar a la entrada del hotel, que está como a veinte minutos a pie de la Plaza de Armas, los músicos ya iban rumbo a la prueba de sonido. Un jefe de seguridad amarillento, que debe tener el hígado hecho cenizas, le gritó a Toño Sepúlveda, brazo derecho de Jack: “WHO ARE THESE PEOPLE?!?!?!?!” These people éramos Jack y yo, que de inmediato nos metimos al hotel, más molestos que asustados con los gritos del loco hepatítico.
Mayer estaba sentado en el lobby, como si nada. Nos contó que Dylan había pedido que le cambiaran la habitación durante la noche. Quién sabe qué le habrá molestado, pero si yo quiero que me cambien de cuarto a cada rato cuando estoy de viaje, él que puede…
Hay una misteriosa mujer de cabello rojo y lentes que es su asistente personal. Es atractiva, pero su belleza es discreta. Una vez, en el Auditorio Nacional, le abrí la puerta de la zona de comida y me dijo: “Muchas gracias, caballero”, en un español que delataba un acento de clase alta de la Costa Este gringa.
Dylan vuela en avión privado, y las únicas personas que van con él son su jefe de seguridad personal (un chino asesino del que ya hablé anteriormente), su mánager y esta mujer. Esa tarde en el Quinta Real me imaginé que Dylan y ella dormían juntos. Tal vez porque el tono rojizo de su cabello es el de Zacatecas.
El próximo 28 de abril sale el nuevo disco de Dylan, Together Through Life (Junto a través de la vida). En entrevista con el escritor Bill Flanagan, Dylan habla de una canción en particular, llamada “My Wife’s Home Town” (“El pueblo de mi esposa”). Flanagan le pregunta a Bob si “se mete en problemas con sus sus suegros por sus canciones”. “No realmente”, contesta Dylan. “Sólo hay una persona a la que le podría molestar, y le encanta. Además, esa canción es un cumplido, a fin de cuentas”.
Por alguna razón vuelvo a pensar en la pelirroja. ¿Con qué mujer ha pasado Dylan más tiempo en los últimos años? ¿Con quién va ”a través de la vida” si no es con ella? ¿No sería lógico que se emparejaran? Pero esto es pura especulación.
Mientras tanto, un año antes, Jack, Mayer y yo estamos en el lobby del Quinta Real con la esperanza de ver a Dylan. Por supuesto, la actitud es otra. Tenemos nuestra mejor cara de No-sabemos-ni-quién-es-Bob-Dylan, y platicamos de otras cosas. Mayer parece cansado y distraído con sumas y restas. Es un empresario las 24 horas del día, como Gene Simmons. Le cuento que René Franco se va a casar y eso logra sacarlo de su ensimismamiento.
El chisme continúa un rato hasta que nos enteramos de que Dylan ya salió por otro lado. Nos vamos en camioneta hasta la Plaza de Armas y entramos por la parte trasera del Palacio de Gobierno hasta donde está el backstage hechizo. Por ahí anda Bob Wayne, el gordazo iracundo que se encarga de “la seguridad en los recintos”. No hay mucho que se pueda hacer en un recinto así: concierto al aire libre, masivo y gratuito. Pero el gordo parece satisfecho. Pasa a un lado de Jack y de mí y nos ignora, pero luego se regresa a saludarnos. Lo hace de mala gana. Un saludo sin sentido.
Bob Wayne es tan fiero, que una vez le llamó por teléfono a un promotor a las cinco de la mañana, y lo amenazó diciéndole que si no le conseguía quién sabe qué cosas, cancelaría un concierto de los Rolling Stones programado para esa misma noche, con todos los boletos vendidos. Como ahora lo odio, veo su cabello como un montón de estopa, o como un mapache que decidió subir a su cabeza para morir. Pero odio más a los argentinos. Están exhaustos después de toda la gira por México y Sudamérica y tienen el mismo vibrón comemierda que en Guadalajara, así que ni siquiera los saludo.
El incienso de siempre empieza a viajar por el aire y la gente está muy emocionada. A las cuatro o cinco canciones pienso que es el mejor concierto de toda la gira, pero es lo mismo que he pensado en cada concierto de la misma gira. De pronto, Dylan hace que su órgano electrónico suene como un Hammond (el favorito de los Doors, Procol Harum, Pink Floyd y Santana) con un toque de película de terror. ”Si la memoria te funciona bien,/ Habíamos quedado de vernos otra vez y esperar,/ Así que voy a desempacar mis cosas y sentarme/Antes de que se haga demasiado tarde./ Ningún hombre vivo vendrá a ti/ Con otra historia qué contar/ Pero sabías que nos volveríamos a encontrar/ Si la memoria te funciona bien./ Esta rueda está en llamas,/ Rodando por el camino,/ Mejor notifícale a mi pariente más cercano,/ ¡Esta rueda va a estallar!
“This Wheel’s On Fire”, se llama esa obra maestra. La compuso junto con Rick Danko de The Band y apareció en los Basement Tapes. Julie Driscoll la convirtió en un hit en Inglaterra y ahora suena, hace un año, en Zacatecas.
Pero la que arranca los mayores aplausos es “Just Like A Woman”. Tomo el teléfono y le llamo a una mujer de la que sigo enamorado para que la oiga. Oye puro ruido, pero le da gusto. Al terminar, el gringo septuagenario se pone de pie y le manda besos a Dylan tal como una mujer.
Mayer llega a buscarme para ver el final del concierto aún más cerca.
Mientras me limpio las lágrimas con el dorso de la mano sigue sonando “Forever Young”. Una chica de primera fila, que debe haber llegado ahí catorce horas antes, me pregunta cómo se llama esa canción. “Por siempre joven”, le dijo. Le gusta el título y sigue oyendo. Al final, durante los aplausos, siento que Dylan me está viendo. Puede verme, estoy lo más cerca posible del entarimado. Estoy con Mayer, a quien le firmó un póster en Guadalajara. Y me vio dos veces en el Auditorio. Pero Dylan ha visto demasiados rostros. Aún así creo que me está viendo. ¿Será cierto?
Me lo sigo preguntando mientras se apagan las luces y no alcanzo a verlo bajar las escaleras. Otra vez desapareció como ladrón. Nos dio un gran regalo, una joya de valor incalculable, y luego huyó como si se la hubiera robado. Ningún héroe se queda a que lo feliciten. Ni Batman ni el Llanero Solitario. Se pierden en la noche de sus vidas errantes. Así se fue Dylan de Zacatecas.
A la mañana siguiente, toda la primera clase son los músicos, los “secres” y Bob Wayne. No pude dormir en toda la noche y George Receli, el baterista, se da cuenta y bromea conmigo. Es adorable. Nos subimos al mismo avión pequeño. Ha terminado la gira y es el fin del camino para uno de los “secres”, un tipo con rasgos orientales, muy callado, que al caminar renguea como si tuviera polio. “Un placer haber trabajado contigo, hermano”, le dice el guitarrista Stu Kimball. Gran tipo.
Y ahí vamos, la mejor banda del mundo y yo volando en el mismo avión. Son famosos los avionazos de bandas de rock, pienso. Hago un recuento mental y luego me asusto. Llegamos con bien. Luego, cada quién para su casa durante dos meses. Bob Wayne a Cleveland, Tony Garnier a Nueva York. Los demás, quién sabe.
Pero seguro que están bien, porque hoy tocaron en el Spektrum de Oslo, en la helada Noruega. Nada que ver con Zacatecas. Pero estoy seguro de que hace unas horas, en el Spektrum, alguien de la primera fila, con acceso a los promotores, pensó que Bob se le quedaba viendo y lloró al final del concierto. Y ahora mismo se está subiendo con el grupo al avión que los llevará a Jönköping, Suecia, donde Dylan ya está durmiendo en un hotel hecho de hielo, junto a una mujer con cabello de fuego.


Okashi
/ March 28, 2009Y despues de leer tan magnifico relato pense y si no voy a trabajar y voy a pelearme por uno de tus libros U_U…
angelica velman
/ March 28, 2009que desolación,un berrrinche,me causa tristeza una sensación terrible y hermosa a la vez,lo que cuenta es bivalente para mi,tan cerca e infinitamente lejano maestro,me hace llorar.recorcholis batman!!el maestro esta enamorado,¡¡qué lindo!!besos Zurita.
Luis T
/ March 28, 2009Wow esos son hombres, los que chillan por lo que quieren y que viven enamorados.
Saludos
alan alvarez
/ March 28, 2009señor zurita su relato de su artista favorito es casi poetico una delicia pasar los ojos sobre esas lineas.. hip hip urra!! sergio zurita
Amanda
/ March 29, 2009Ojos Azules ….. Te amo
bossito forever
/ March 30, 2009sin existen descripciones de un evento que te marca de por vida esta seria una de ellas, felicitaciones master Zuri usted esta lleno de cicatrices.
malayerba...
/ March 31, 2009seguro mi cel estaba ocupado porque no recuerdo haber oido la cancion….
jajajajaja…
con este relato saldria un libro muy emotivo, y yo lloraria como usted al leer a Clapton, hace poco mas de un año yo estaba en el auditorio atonita por ver al Genio Dylan
Carolina
/ March 31, 2009que gran ser humano, y existes!