Me tardé un buen rato, querido pato,
en hacer tu poema de cumpleaños,
la gente festejó en todos lados,
pensando cómo la estarías pasando.
Seguro que estuviste encabronado,
despreciando con jeta los regalos,
diciendo que el pastel sabía del nabo.
La pobre Daisy se quedó llorando,
Hugo, Paco y Luis te vieron borracho
y te tienen miedo si andas tomado.
“Pluto y Tribi trataron de calmarlo”,
contó Mickey tras el desaguisado,
“pero ya sabes cómo es ese puto,
digo, ya sabes cómo es ese pato”.
Al tío Rico le pediste prestado,
no te prestó y lo mandaste al carajo
y le escupiste en la cara un gargajo.
Seguiste a Clarabella al excusado,
le agarraste las tetas con descaro;
al salir, con el pito muy parado,
dijiste que tenías listo el palo
“para jugar a la puñeta, chavos”.
“Perdón, piñata“, corregiste al rato.
A los niños agarrabas a vergazos
cuando descubriste que había llegado
a la fiesta Mario Aburto, armado.
“Denme a su hermano”, dijo a Hugo y Paco,
se acercó al rehén, Luis, a su lado;
Colosio, otro de los invitados,
fue puesto junto a Luis, amenazado:
“Intentas algo y otra vez te mato”.
Colosio nomás se quedó callado.
Aburto se dirigió al festejado:
“Te traigo ganas desde hace un buen rato,
pero nomás me quedan dos balazos,
así que a cuáles dos me echo al plato
lo va a decidir aquel pinche bato”.
¡Yo era el bato del que estaba hablando!
“Pero yo ni estoy en la fiesta, Mario”,
le dije, aunque me estuviera apuntando.
“Me vale. En vez de estar ahí echado,
nomás haciendo rimas y tragando,
dirás a cuál de los tres no mato”.
El asesino me dejó pensando:
“Luis, Donald o Colosio, ¿a quién salvo?”
Pero la duda se fue de inmediato:
“No distingo a Luis de sus dos hermanos
y Colosio me aburre más que AMLO…
¡Amigo Donald, muy feliz cumpleaños!”
