Hoy volví a ver La conspiración (The Contender), una chulada de película que, por cierto, no tiene absolutamente nada que ver con ninguna situación de la realidad mexicana reciente.
Se trata de un presidente de Estados Unidos (Jeff Bridges, el mejor actor del planeta) cuyo vicepresidente ha muerto. Él quiere que una senadora (la fabulosa Joan Allen) sea la sucesora del difunto, pero eso lo tiene que aprobar el poder legislativo (senadores y diputados).
El presidente y su candidata son demócratas. Pero el comité designado a investigar si Joan Allen es digna de ser vicepresidenta (y tal vez presidenta, en un futuro no muy lejano) está encabezado por un diputado de ultraderecha (Gary Oldman, irreconocible) a quien le repugna la ideología liberal de la candidata.
Hurgando en el pasado, Oldman encuentra unas fotografías, en las cuales, la potencial vicepresidenta parece estar teniendo sexo con dos hombres a la vez, mientras otros hombres y mujeres los miran con euforia.
Las fotos parecen ser de cuando la candidata iba en la universidad y formaba parte de una hermandad cuyo rito de iniciación era, justamente, acostarse con dos tipos al mismo tiempo. (Estas “hermandades” universitarias, cuyos nombres suelen ser tres letras griegas, salen en miles de películas, y siempre hay fiestas y sexo.)
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Con esas fotos y un rumor de que en Harvard “era tremenda”, la posible primera presidenta de los Estados Unidos es sometida a un bombardeo brutal de humillaciones públicas. El diputado que la odia repite, una y otra vez, que la senadora “pudo haber formado parte” de una orgía “reprobable” y no deja de mencionar su “presunta” conducta “desviada” y “pervertida”.
¿Y qué hace Joan Allen al respecto? Callar. Dice que es muy su pasado y muy su vida privada y simplemente no lo va a discutir públicamente. No se defiende. Nunca. Aun a pesar de las arteras maniobras del diputado, quien, haciendo afirmaciones disfrazadas de preguntas, le dice puta ante la nación entera, cubriendo sus ataques con expresiones como “presuntamente” o “se dice que”.
“Se prueben o no las acusaciones, para el pueblo norteamericano ella ya es una degenerada”, dice Oldman, saboreando el daño causado. “Aclarar esa situación sería ir contra mi propia dignidad”, insiste ella, causando la mofa del diputado y la impaciencia del presidente, para quien es importantísimo que su legado, su “canto del cisne”, sea enfilar a esa mujer a la presidencia.
Si la candidata fuese candidato, a nadie le importaría su vida sexual. Hay un doble estándar moral. Eso es un hecho. Y es por eso que ella no se defiende de las acusaciones. Porque ese no es el punto.
Hay una escena en la que una veterana de Washington le da a la candidata un arma infalible: “la esposa del diputado abortó en secreto, él dice que el aborto es un asesinato, pregúntale si piensa que su esposa es una asesina”.
Pero Joan Allen decide no usar esa arma. Sería rebajarse al nivel de Gary Oldman. Sería violar la privacidad de otra mujer para defender la suya. Y lo que ella quiere, por encima del poder para sí misma, es que en los puestos de poder no importe, de veras no importe, si se es hombre o mujer. La verdadera igualdad, pues.
El final es sorprendente. La chica de las fotos en la orgía no es nuestra candidata, y ella habría podido probarlo con gran facilidad (un lunar en la nalga, que la muchacha fotografiada no tiene). Es cierto que formó parte de aquella hermandad (“nunca había estado lejos de casa y me sentía sola”). Sí se emborrachó, dijo que sí al sexo grupal, pero al verle el pene al primer tipo que se desnudó frente a ella, decidió que no quería hacerlo y se fue.
El rumor fue otro. Que se tiró a todos, que era la más promiscua de Harvard. Y siendo ella misma la hija de un importante político, era un rumor demasiado jugoso como para no esparcirlo hasta volverlo leyenda urbana: hasta volverlo “verdad”.
“La política es una extensión de la guerra”, dice Gary Oldman en La conspiración. Y la suciedad de esa guerra parece no tener límites. No importa llevarse entre las patas la reputación de quien sea. No importa difamar, no importa chingarse al presidente -cuya figura va más allá, o debiera ir más allá. del partido al que pertenece-. No importa desestabilizar al país, “total, luego lo estabilizamos cuando nosotros estemos en el poder”, piensan los canallas como el diputadete Gary Oldman.
Lo único que se puede hacer, dignamente, es no responder a rumores, mucho menos a campañas de desprestigio. Y eso es lo que hace Joan Allen en La conspiración. Gran película que conmueve y emociona, aunque nada tenga que ver con México.