Belleza y locura: Bob Dylan en Monterrey

Tal vez fue el conmovedor solo de guitarra que tocó a la mitad de “Simple Twist Of Fate”. Tal vez fue la forma en que dijo: “estoy tratando de alejarme de mí lo más que puedo” durante “Things Have Changed”. A lo mejor fue la nostalgia con que impregnó la noche al cantar “Tangled Up In Blue”, bañado en una luz Della Robbia, un tono de azul descrito por Blanche DuBois, la heroína de Un tranvía llamado Deseo, como “el color del manto de la Virgen”. O quizá fue cuando citó directamente a Blanche y su creador, Tennessee Williams (también en “Things Have Changed”) al solicitar: “No se levanten, caballeros,  solamente voy de paso”.

Esa es la última línea que dice Blanche en Un tranvía llamado Deseo, mientras camina custodiada por enfermeras y un médico, rumbo a la locura. Y precisamente la locura y sus muchas formas fueron el tema central del concierto de Bob Dylan en el Auditorio Banamex de Monterrey, que concluyó hace apenas unas horas.

La locura desde el escenario, con Dylan en uno de sus mejores momentos, en perfecta condición física y espiritual a unos días de cumplir 71 años. La locura de una banda que ha recorrido el mundo decenas de veces y tiene un sonido imposible de captar cabalmente en las grabaciones, y es aún más difícil de describir en lenguaje prosaico. Así que recurramos a la poesía para obtener una imagen mental cercana al sonido de Bob Dylan y su banda. La frase es del propio Dylan y está en “Visions Of Johanna”: “El fantasma de la electricidad aúlla en los huesos de su rostro”. El dínamo en que se transforman esos músicos al tocar algunas de las canciones más relevantes de los últimos 50 años, hace que su poder se sienta directamente en los pómulos. Y es inevitable sonreír ante tanta belleza.

El Auditorio Banamez estaba al 50% de su capacidad, pero -valga el lugar común- Dylan prefirió ver el vaso medio lleno y atacó con toda su energía. Abrió, como casi siempre, con “Leopard-Skin Pill-Box Hat”, pero inmediatamente después comenzaron las sorpresas. La segunda canción de la noche fue la estremecedora “Man In The Long Black Coat”, acerca de una jovencita, casi una niña, que desaparece de su hogar para irse con “el hombre del abrigo negro”, que bien podría ser la muerte… o la locura.

Tras haber visto casi 60 veces a Bob Dylan, pensé que podía anticiparme un poco a la selección musical de cada noche. Por ejemplo, si en un concierto toca “Tangled Up In Blue” (una de las grandes favoritas de todo mundo) es casi seguro que no va a tocar “Desolation Row” (“mi vida cambió para siempre al oírla por primera vez”, dice Tom Russell en una de sus canciones).

Si una noche nos cuenta que la niña “no dejó ni siquiera una nota” cuando se fue con el “Man  In The Long Black Coat”, es casi un hecho que no anunciará que “esta tierra está condenada por completo, desde Nueva Orleáns hasta Jerusalén” en “Blind Willie McTell”, una obra maestra que Dylan tocó en televisión hace poco, durante el homenaje a Martin Scorsese en los Critics Choice Awards.

Pues hace un rato, en Monterrey, todas esas certezas se vinieron abajo cuando Bob Dylan cantó  las cuatro canciones en un solo concierto. Cuatro catedrales imponentes, sobrecogedoras. Además de una versión blueserísima de “Cry A While”, que siempre ha tenido una fuerte carga lasciva, pero nunca como esta noche, en la que Dylan hacía que su banda se detuviera en momentos clave para aumentar la tensión y postergar el clímax.

La locura convertida en delirio, arriba y abajo del escenario, llegó con “Ballad Of A Thin Man”, que desde hace tiempo se ha convertido en el momento cumbre de cada concierto. Dylan toma el centro del escenario y le canta a un hombre que cree saberlo todo, justo en el momento de darse cuenta de que no sabe nada: “algo está sucediendo y usted no sabe lo que es, ¿verdad, Mr. Jones?”. Algunas de las frases hacen eco y la voz parece una alucinación auditiva. Una vez más la locura.

Inmediatamente después, “Like a Rolling Stone”. Infalible. La mejor canción de todos los tiempos. Cuando acaba, un espectador con demasiado entusiasmo se sube al escenario y trata de llegar hasta Dylan. El equipo de  seguridad lo para en seco. Un momento de caos. Bob ni siquiera parpadea. Hace cuatro años, en Brasil, una bella chica de Ipanema logró llegar hasta él y besarlo a medio concierto. Y quién no recuerda al loco sin camisa, con la leyenda “Soy Bomb” (“bomba de soya”)  escrita en el torso, que saltó al escenario de los Grammys en 1998, mientras  Dylan cantaba “Love Sick”.

“Por eso luego nos critican de cómo somos”, dijo un regiomontano que estaba cerca de mí. “A ver si por su culpa no se va Dylan”, dijo otro. “El brincote que tuvo que pegar el bato para llegar hasta arriba de la tarima. Está loco”, agregó uno más. Y sí, el hombre estaba loco, igual que todos, igual que todo esta noche.

Dylan no se fue. Presentó a su banda: Stu Kimball en la guitarra acústica, George Receli -el mejor baterista del mundo- en los tambores, el ya mencionado Charlie Sexton en la guitarra eléctrica, el entrañable Tony Garnier (más de mil conciertos al lado de Dylan) en el bajo, y al final dejo al multi instrumentalista Donnie Herron, porque hay algo que contar sobre él.

Hace cuatro años tuve la oportunidad de estar en backstage durante toda la gira mexicana de Dylan. En la Arena Monterrey, Donnie fue apodado “Ricardo Montaner” a causa de su parecido con el venezolano. Pero no fueron unos cábulas mexicanos los que le pusieron el mote, sino el propio staff de Dylan: resulta que en las fotos del comedor de la Arena hay (o había) fotos de todos los artistas que se habían presentado. Al ver la de Montaner, el jefe de roadies de Dylan (un tipo corpulento, de trenzas y barba blancas) fue por papel y cinta adhesiva, y debajo de la foto escribió: “Mr. Don Herron”. Yo me enteré de esto porque el propio Donnie me lo contó. Incluso me llevó a ver la foto de Montaner con su nombre debajo. “¿Qué te parecen estos tipos?”, me dijo, refiriéndose a los que le habían jugado la broma. Nos reímos juntos y luego se despidió con su dulce acento sureño.

Volviendo al presente, el cierre fue “All Along The Watchtower”. Y en el encore, todo el público de pie cantó “Blowin’ In The Wind”. Al salir, me di cuenta de que la luna sobre Monterrey estaba llena. Por fin la explicación de tanta belleza y tanta locura.

5 thoughts on “Belleza y locura: Bob Dylan en Monterrey

  1. Al principio estuve preocupado por la poca ocupación del lugar pero hacía la mitad del concierto el público empezó a darle el calor que en Monterrey se suele dar. Incluidas las porras del fútbol. Toda la gente a mi alrededor lo disfrutó enormemente al igual que yo y me sorprendió ver a mucho público joven. Al final vi a Bob muy contento antes de irse y eso me dio mucho gusto.

    Me quedo con la certeza que vi algo único e irrepetible.

    Un abrazo Zurita.

  2. Hola Sergio, leyendo tu reseña me preguntaba si tu estabas en primera fila en la seccion BYON 1, y es que da la casualidad que yo dije lo de “El brincote que tuvo que pegar el bato para llegar hasta arriba de la tarima…” y un señor que estaba en la segunda fila justo atras de mi y de mi novia dijo lo de “A ver si por su culpa no se va Dylan”. Fue una grata coincidencia leer sobre eso en tu reseña.

    He visto a Dylan tres veces, las dos anteriores fueron en el 2008 en Monterrey y en Zacatecas, y siempre la ultima vez me parece mejor que la anterior, y esta vez electrifico a todo el auditorio y se ve que retroalimento de la energia del publico.

    Un concierto memorable sin duda.

    Saludos

  3. Ya falta poco para verlo en Guadalajara, este será tu concierto numero cincuenta y tantos, pero para mí será el primero, espero todo y nada, le exijo por lo que representa para la música y lo dejo simplemente por quien es: Bob Dylan.

  4. Nunca conoceré en persona a Wagner, pero “Ride of Valkyries” me traslada a luchar contra épicos Dioses, nunca estrecharé la mano de Miguel de Cervantes para decirle que gracias a “El Quijote” tengo muchas frases que me sacan de apuros, nunca me reiré con Picasso porque el “Guernica” apoya a un arte que es un tema de discusión en nuestro tiempo, nunca bailaré “Light My Fire” con Morrison porque quiso ser el primero del grupo de los “27″, no caminaré con Borges para que me expliqué bien su “Aleph”, pero la melancolía no es tanta porque a mí y a mi padre nos tocó vivir en los tiempos de Bob Dylan. Siga hablado de él como siempre Maestro Zurita, pocas personas tenemos el placer de conocer y hablar con nuestros ídolos, esas personas que llegan a ser nuestro acervo cultural, personajes de la historia misma que no nos ven pero estamos con ellos siempre de una u otra manera, esas personas que les queremos ayudar y le derramamos medio vaso de coca cola (¿Recuerda antes de comenzar su concierto número 57 con Bob?, el mío fue el primero). No pretendo hacer un debate de opiniones, unas personas dice que deje de caminar, yo le digo que siga volando.

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