Mi amigo Omar de la Rosa
Lo conocí en Nogales, Sonora. Allá nació y allá vive hasta la fecha, aunque su corazón siempre ha estado al otro lado del Río Bravo. Es un corazón habitado por la imaginería americana, igual que el mío. Tal vez por eso somos amigos.
Me veo en él. Soy él hace veinte años. Y hace treinta. Es un hombre muy joven persiguiendo un sueño y trabajando para lograrlo. Él también se ve en mí, aunque su sensibilidad y su inteligencia rebasan a las mías por mucho. Nos admiramos mutuamente. Hemos visto juntos a Dylan y a Springsteen: es decir, hemos viajado a la Meca juntos. A la Meca que está en el desierto de Sonora, que es nuestro Sahara.
Él ama a Green Day tanto como yo amo a Bob Dylan. Hace sus peregrinaciones para verlos cada que la vida se lo permite. Ha decidido que su vida no será ordinaria. Se ha inventado a sí mismo, como el propio Bob Dylan.
Bob Dylan nació Robert Zimmerman de Minnesota. Omar nació Omar de la Rosa de Nogales. Dylan cambió de nombre y de destino e hizo bien. Omar está transformando su destino, pero creo que debe conservar su nombre: Omar es árabe para “hombre de larga vida” y De la Rosa de Nogales nos habla de un prodigio a medio desierto.
Larga vida a Omar de la Rosa. Mi amigo. Mi hermano. Un abrazo.
3er RALLY TEATRAL EN NEZA, HOY
Hoy, sábado 12 de febrero de 2011, se llevará a cabo el 3er Rally Teatral en el Centro Cultural Regional de Ciudad Nezahualcóyotl, ubicado en 4a Avenida, esquina con Francisco Zarco.
Se trata de escribir, ensayar, estrenar y publicar seis obras teatrales de 15 minutos cada una, en solamente doce horas, El estreno de las obras será a las 8:00 p.m. en el foro del Centro Cultural.
Yo voy a escribir una de las obras, que será dirigida por Gabriel Figueroa Pacheco y cuyo elenco estará encabezado por el gran Emilio Guerrero:
Dicho sea de paso, Emilio era mi ídolo desde que hacía la voz de Alf. Luego confirmé su talento en la película Un mundo raro, y más tarde conocí de cerca su generosidad y su temple en una obra donde compartimos el escenario: Cartas a mamá, de David Olguín.
A estas horas de la madrugada, aún no sé de qué se va a tratar la obra, porque los organizadores todavía no nos dan tema. Sólo sé que será de tres actores y cuatro actrices, a quienes -con la excepción de Emilio- acabo de conocer hace cuatro horas.
Si andan por allá, vayan. Se va a poner bueno. Al final de la función, las seis obras estarán publicadas en un libro editado por Anónimo Drama, donde publiqué mi primera obra. ¡Allá nos vemos!
“La conspiración”, nada que ver con México
Hoy volví a ver La conspiración (The Contender), una chulada de película que, por cierto, no tiene absolutamente nada que ver con ninguna situación de la realidad mexicana reciente.
Se trata de un presidente de Estados Unidos (Jeff Bridges, el mejor actor del planeta) cuyo vicepresidente ha muerto. Él quiere que una senadora (la fabulosa Joan Allen) sea la sucesora del difunto, pero eso lo tiene que aprobar el poder legislativo (senadores y diputados).
El presidente y su candidata son demócratas. Pero el comité designado a investigar si Joan Allen es digna de ser vicepresidenta (y tal vez presidenta, en un futuro no muy lejano) está encabezado por un diputado de ultraderecha (Gary Oldman, irreconocible) a quien le repugna la ideología liberal de la candidata.
Hurgando en el pasado, Oldman encuentra unas fotografías, en las cuales, la potencial vicepresidenta parece estar teniendo sexo con dos hombres a la vez, mientras otros hombres y mujeres los miran con euforia.
Las fotos parecen ser de cuando la candidata iba en la universidad y formaba parte de una hermandad cuyo rito de iniciación era, justamente, acostarse con dos tipos al mismo tiempo. (Estas “hermandades” universitarias, cuyos nombres suelen ser tres letras griegas, salen en miles de películas, y siempre hay fiestas y sexo.)
AVISO: SI NO QUIEREN SABER MÁS DE LA TRAMA, DEJEN DE LEER AQUÍ, COMPREN LA PELÍCULA EN MIX-UP POR $32 (SÍ, TREINTA Y DOS PESOS) Y VUELVAN LUEGO.
Con esas fotos y un rumor de que en Harvard “era tremenda”, la posible primera presidenta de los Estados Unidos es sometida a un bombardeo brutal de humillaciones públicas. El diputado que la odia repite, una y otra vez, que la senadora “pudo haber formado parte” de una orgía “reprobable” y no deja de mencionar su “presunta” conducta “desviada” y “pervertida”.
¿Y qué hace Joan Allen al respecto? Callar. Dice que es muy su pasado y muy su vida privada y simplemente no lo va a discutir públicamente. No se defiende. Nunca. Aun a pesar de las arteras maniobras del diputado, quien, haciendo afirmaciones disfrazadas de preguntas, le dice puta ante la nación entera, cubriendo sus ataques con expresiones como “presuntamente” o “se dice que”.
“Se prueben o no las acusaciones, para el pueblo norteamericano ella ya es una degenerada”, dice Oldman, saboreando el daño causado. “Aclarar esa situación sería ir contra mi propia dignidad”, insiste ella, causando la mofa del diputado y la impaciencia del presidente, para quien es importantísimo que su legado, su “canto del cisne”, sea enfilar a esa mujer a la presidencia.
Si la candidata fuese candidato, a nadie le importaría su vida sexual. Hay un doble estándar moral. Eso es un hecho. Y es por eso que ella no se defiende de las acusaciones. Porque ese no es el punto.
Hay una escena en la que una veterana de Washington le da a la candidata un arma infalible: “la esposa del diputado abortó en secreto, él dice que el aborto es un asesinato, pregúntale si piensa que su esposa es una asesina”.
Pero Joan Allen decide no usar esa arma. Sería rebajarse al nivel de Gary Oldman. Sería violar la privacidad de otra mujer para defender la suya. Y lo que ella quiere, por encima del poder para sí misma, es que en los puestos de poder no importe, de veras no importe, si se es hombre o mujer. La verdadera igualdad, pues.
El final es sorprendente. La chica de las fotos en la orgía no es nuestra candidata, y ella habría podido probarlo con gran facilidad (un lunar en la nalga, que la muchacha fotografiada no tiene). Es cierto que formó parte de aquella hermandad (“nunca había estado lejos de casa y me sentía sola”). Sí se emborrachó, dijo que sí al sexo grupal, pero al verle el pene al primer tipo que se desnudó frente a ella, decidió que no quería hacerlo y se fue.
El rumor fue otro. Que se tiró a todos, que era la más promiscua de Harvard. Y siendo ella misma la hija de un importante político, era un rumor demasiado jugoso como para no esparcirlo hasta volverlo leyenda urbana: hasta volverlo “verdad”.
“La política es una extensión de la guerra”, dice Gary Oldman en La conspiración. Y la suciedad de esa guerra parece no tener límites. No importa llevarse entre las patas la reputación de quien sea. No importa difamar, no importa chingarse al presidente -cuya figura va más allá, o debiera ir más allá. del partido al que pertenece-. No importa desestabilizar al país, “total, luego lo estabilizamos cuando nosotros estemos en el poder”, piensan los canallas como el diputadete Gary Oldman.
Lo único que se puede hacer, dignamente, es no responder a rumores, mucho menos a campañas de desprestigio. Y eso es lo que hace Joan Allen en La conspiración. Gran película que conmueve y emociona, aunque nada tenga que ver con México.

