Jaime López contra el Auditorio Nacional
“Con gusto bailaría contigo, María, pero mis manos están en llamas”.
Así respondió Bob Dylan a la invitación de una jovencita durante la clausura del Festival Folklórico de Newport en 1965.
Era julio, el clima estaba muy agradable esa noche y todo mundo bailaba, pero Dylan acababa de ser abucheado por el público de Newport, ya que se atrevió a subir al escenario con una guitarra eléctrica y un grupo de rock. Sólo tres canciones bastaron para causar la indignación absoluta de los “librepensadores” folkloroides, para quienes Dylan acababa de vender su alma al demonio del rock.
Pete Seeger, el sumo pontífice del folk estadounidense, supuesto rey de la buena onda y la tolerancia, quiso sabotear la participación de Dylan, intentado desconectar su guitarra eléctrica. No pudo, el pendejo.
El atrevimiento de Dylan no se detuvo ahí. Luego hizo una gira por Inglaterra donde noche tras noche, luego de su set acústico, mandaba llamar a The Hawks, su banda de rock (que luego se convertiría en la legendaria The Band) para ser abucheado durante más de una hora.
“¡Judas!”, le gritó un espectador en el Royal Albert Hall de Londres. ¿Cómo se había atrevido Dylan a dejar los himnos de protesta para concentrarse en canciones más complejas y personales? ¿Cómo era capaz de venderse al enajenante ruido del rock? ¿Con permiso de quién se le ocurrió pensar en su propio crecimiento como artista, dejando en segundo plano las nobles causas sociales?
Hoy en día, lo que hizo Dylan es visto como una gran hazaña, como el momento clave de la historia del rock. Pero en su momento, todo mundo lo trató como leproso.
37 años después, en Newport 2002, Dylan volvió a presentarse en el mismo
escenario donde lo habían abucheado. Llegó disfrazado de vagabundo, con barba postiza y peluca. Como si aquel día de 1965 hubiera marcado el fin de su carrera y cuatro décadas después llegara, todo jodido, a recibir el perdón del público amante del folk.
La historia, por supuesto, fue MUY otra. Dylan es uno de los músicos más ricos, respetados, estudiados y exitosos de todos los tiempos. Lo cual tiene el triple de mérito por el hecho de que siempre ha hecho exactamente lo que ha querido, sin recibir órdenes de nadie. Ni siquiera del público.
Yo sólo sé de otro músico así en el mundo. Su nombre es Jaime López. Nació en Matamoros, Tamaulipas en 1954, y treinta años después fue invitado a la televisión por Ricardo Rocha y luego llegó a Siempre en Domingo, con Raúl Velasco.
El periódico La Jornada, rey de la buena onda y la tolerancia, lo acusó de herejía y de haberse vendido al demonio de Televisa. “López cambia a Pepsi”, decía la foto de un graffiti que supuestamente la banda había pintado en una pared. La banda pudo haber sido el propio fotógrafo de La Jornada.
Pero la crucifixión de López llegó cuando tuvo la osadía de participar en el Festival OTI de 1985 con la canción “Blue Demon Blues”. Nunca se había escuchado nada así. Ni en la televisión mexicana ni en ningún otro lado del planeta. López había respondido a la cerrazón de los folcloristas y de los televidentes con algo absolutamente prohibido: originalidad.
El resultado: cero votos a su favor en el OTI y el ataque frontal de la prensa “de izquierda”. El OTI, por cierto, lo ganó ese año Eugenia León con “El fandango aquí”. Cómo estaría de fea que le gustó al jurado del OTI y también a La Jornada.
Este sábado, Jaime López volvió a hacer de las suyas, sacudiendo al público amodorrado del Auditorio Nacional, que cada año aplasta las nalgas para oír a Oscar Chávez. A ese público morralero le vale madre que Chávez rescate, como Pete Seeger, canciones mexicanas de todas las épocas y todos los estados. Ellos quieren oír “Por ti”, “La niña de Guatemala” y otras diez. Lo demás, simplemente lo soportan.
Este año, el invitado de Chávez fue nada menos que Jaime López, en un espectáculo que se llamó Dos tipos descuidados.
Al comenzar el concierto, ambos se sentaron en una mesa de cantina. Abrieron con “Amigo, amigo”, de Rubén Montesgil.
Después de que Chávez cantó “ella me dio la hiel en copa de oro”, la armónica de López entró como mantequilla, provocando un gran aplauso. La segunda canción de la noche, a dúo, fue la clásica “Los pilares de la cárcel”. Y entonces López salió del escenario, cubierto de gloria por haberse portado bien y, sobre todo, por haberse ido rapidito.
Oscar Chávez cantó un rato acompañado de Los Morales. Mucha gente a mi alrededor hablaba durante las canciones, como si la música fuera ruido de fondo. Pero aplaudían, eso sí. Luego volvió López acompañado de un conjunto norteño, los Norteados Band. Cantó “A la orilla de la carretera” y después, acompañado por Chávez, “Doroteo” (acerca de Pancho Villa) y “Tu maldición”.
“¿Ya te vas?”, le gritó a López una señora que estaba sentada con su marido en la fila K de la sección preferente, ansiosa de oír los éxitos de Chávez, cantados por él solito.
Intermedio de quince minutos.
Según Juan Pablo Proal, de proceso.com.mx, en el baño de hombres los asistentes saboreaban lo que vendría después del intermedio con frases como “Ahora sí: ¡Macondo!”.
Pero al volver, Chávez estaba con López en la mesa de la cantina. Cantaron “Por cigarros a Hong Kong” y la extraordinaria “Alma de tabique”, ambas de Jaime. Luego, Oscar se levantó de la mesa y salió del escenario. Abucheo. Y entonces vino la herejía. Read the full article »
La casa del poema
Había una grieta en la casa del poema;
Querían derrumbarla y construir una nueva,
Querían tapizarla y embellecerla,
Para que los versos tuvieran mejor vivienda.
De frenar aquello no hubo manera;
Demolidas dejaron paredes enteras,
No quedó en pie ninguna piedra,
Ni el quicio de una sola puerta.
Después hubo ahí otra residencia;
Todos fueron por el poema
Para que viera su casa nueva.
No lo encontraron por ningún lado,
No estaba adentro ni afuera,
Y entonces se dieron cuenta:
El poema era aquella grieta.

