Llama mi atención un artículo de Hugo Hiriart llamado Inoportuno diagnóstico, pronóstico y remedio del teatro nacional, recién publicado en la revista Letras Libres (abril 2011, pag. 86).
En dicho artículo, el dramaturgo, director teatral, ensayista, lingüista y novelista afirma que el teatro en México, para recobrar vitalidad, debe ser “pobre, muy pobre, en su producción, esto no solo por razones económicas, sino por pureza y honor de artista, en un intento desesperado por hacer algo en este mundo que de ninguna manera esté regido ni gobernado ni tenga nada que ver con el dinero”.
Al leer lo anterior, llegó a mi mente la imagen de Leonardo DiCaprio en el papel de Howard Hughes (El aviador, Scorsese, 2005) en la escena donde Hughes está comiendo con la acaudalada familia de Katherine Hepburn, que consta de una punta de snobs, ociosos y ensimismados. A media comida, la aristocrática señora Hepburn (mamá de Katherine) le dice a Hughes: “En esta familia no nos importa el dinero”. La respuesta de Hughes es contundente: ”Eso se debe a que lo tienen”.
No sé si Hugo Hiriart siga viviendo en el Upper West Side, uno de los mejores barrios de Nueva York, pero su comentario acerca de la pobreza y el dinero me dan a entender que no está muy enterado del panorama teatral mexicano reciente y que, para él, el teatro es un lujo que se dio y no un modo de vida. “Stanislavsky era un amateur“, afirma David Mamet al principio de su libro True Or False: Heresy and Common Sense For the Actor.
En ese libro audaz y oportuno (adjetivos que, por cierto, usa Hiriart para describir su propio artículo) Mamet afirma que “el método”, esa técnica actoral tan popular en el siglo pasado, es una tomada de pelo, que sólo pudo haber sido inventada por alguien que no vivía del teatro; alguien como Stanislavsky, hijo de una de las familias más ricas de Rusia.
¿Estoy descalificando a la gente rica? No. Pero no es lo mismo hacer el dinero que heredarlo o recibirlo de golpe. Hablando por mí, afirmo que me encantaría ganar mucho, pero mucho dinero haciendo teatro. ¿Decir eso es de mal gusto? Pues lo siento: es la verdad.
Samuel Beckett se hizo de una fortuna considerable gracias a una obra extraña, personalísima y revolucionaria, llamada Esperando a Godot. Y ya que hablamos de Beckett, Hiriart afirma en su artículo que “el teatro es la más conservadora de las artes”. Y asevera lo siguiente: “Si comparamos las transfiguraciones desenvueltas en las artes del siglo XX, percibimos de inmediato que en teatro no ha tenido lugar nada ni remotamente comparable”.
Entre esas “transfiguraciones” notables, Hiriart menciona la música dodecafónica, el expresionismo abstracto y el action painting norteamericano. ¿Y el teatro de Samuel Beckett, que desnuda la pieza teatral de todo adorno, mostrándonos sólo su esqueleto (anécdotas mínimas, diálogos brevísimos, la pausa como expresión de igual valor que la palabra) no es tanto o más revolucionaria que las mencionadas ”transfiguraciones”?
Hiriart dice que el teatro no ha evolucionado porque quienes lo hacen, desde los productores hasta los tramoyistas, le temen a lo nuevo. De acuerdo, pero esto no es exclusivo del teatro. Según él, “un escritor puede hacer un poema tan corto o largo como quiera, lo mismo una pieza de música o una novela… “. Falso. Reto a Hugo Hiriart a ir a Tusquets con una historia de veinte páginas y decir: “Aquí está mi nueva novela, quiero que me la publiquen”. Lo van a mandar por un tubo, porque las convenciones no sólo existen en el teatro, como él afirma. “Hugo, eso no es una novela, es un cuento”, le diría hasta el menos reaccionario de los editores.
“La duración de la obra” es señalada por Hiriart como un terrible mal. Dice que, por desgracia, la convención indica que una obra tiene que durar, al menos, hora y cuarto. Yo puedo mostrarle obras de Beckett que duran dos minutos, quince segundos y media hora. Pero mejor que pida los libros de Beckett en Tusquets, que a fin de cuentas también es su editorial.
Además, muchos espectáculos teatrales en México constan, hoy en día, de dos o más obras cortas. Hay quien me dirá que esos espectáculos no le gustan a la gente, porque prefieren una sola historia larga que varias cortas. Bueno, pues a la gente tampoco le gusta leer cuentos: publicar un libro de cuentos en México es una hazaña, a menos que se trate de una vaca sagrada o un best seller (lo cual suele lograrse escribiendo novelas.)
Eso sí, en las artes plásticas se acepta de todo. Su público es más receptivo y de mentalidad más amplia… o tal vez sólo son borregos más sofisticados. Por cada Rothko hay trescientos farsantes. Hoy en día, no se necesita saber pintar ni esculpir ni nada, para ser un artista plástico (Miguel Calderón y Gabriel Orozco lo confirman). Pero algo es cierto: no se puede romper ni “transfigurar” lo establecido si antes no se conoce y se domina. Picasso fue virtuoso antes de ser trangresor.
Prefiero al conservador público teatral –que Hiriart califica de “molesto, obnubilado, insoportable subnormal”– que a una bola de pendejos que miran dos corcholatas encima de una tortilla y a eso lo llaman arte. Señores: el emperador está desnudo.
Hay una frase que a Hiriart le parece “cierta e inmortal” y que le atribuye al escenógrafo Alejandro Luna: “qué felices estaríamos haciendo teatro si no estuvieran ahí el público y los actores”. Admiro a Luna y entiendo que se trata de sarcasmo, pero hay que decirlo: sin público y sin actores, lo único que hay son puñetas, no teatro.
Dice Hiriart que para romper las convenciones que tanto lastran al teatro, “hay que volver al libreto. Acabar con el imperio del director. El director es un advenedizo en el mundo teatral. Hace poco más de un siglo no existía la especie”. Bueno, hace menos de un siglo no existían el expresionismo abstracto ni la música atonal. ¿Pues no que son una maravilla?
Si nuevo es advenedizo, entonces el teatro es la menos advenediza de las artes, según los propios argumentos de Hiriart. Según él, los directores “han hecho del teatro una especie de ballet puntilloso y lucidor, pero sin vida”. ¿Peter Brook está incluido en esa especie?
Y en cuanto al imperio del director, es preciso que Hiriart sepa que, al menos en México, ya se terminó: murieron Ludwik Margules, Juan José Gurrola y Héctor Mendoza. Los tres se llegaron a exceder en sus montajes, pero sus aportaciones a la escena mexicana son enormes.
“Hay que volver al libreto”, dice Hiriart. Eso también está ocurriendo. Ya existen David Olguín y Flavio González Mello. Pero por cada uno de ellos hay mil “narraturgos” (dramaturgos que no saben dialogar). Y también hay “niños terribles” de cincuenta años, cuyos personajes tienen nombres como Putoculo o Verguinalga, y que firman con sus iniciales. ¿Hay que volver a ese libreto?
El teatro necesita una renovación, sí. Pero no vendrá por decreto ni por utopías. Vendrá, como viene todo lo que vale la pena, por necesidad. Cuando a los hacedores de teatro no nos quede otra más que darnos cuenta de que somos nosotros quienes hemos ahuyentado al público. Hemos hecho del teatro un artículo de autoconsumo (puñetas, pues). Esto cambiará cuando entendamos que forma es fondo: que la taquilla no la puede atender un gordo con aspecto de secuestrador ni una niña mamona de Filosofía y Letras.
Los teatros tienen que ser edificios que inviten a entrar. Que brinden calidez y limpieza y comodidad. Que no tengan empleados con actitud de “a qué vienes, si ni le vas a entender” ni revendedores ni vagos que cobran 25 pesos (cuota fija) por “cuidar el carro” afuera de la Unidad del Bosque y se largan a los cinco minutos de que empezó la obra.
En 1995 desapareció el STIC (Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica) cuyos agremiados vendían palomitas rancias y detenían la película a la mitad para forzar a la gente a que las consumiera. Fue entonces que la gente volvió al cine. Del mismo modo volverán al teatro: cuando ir no sea un via crucis, sino un placer. Como lo es en Nueva York, donde vive o vivía Hiriart.
“Hay que devolverle al teatro su fuerza arcaica, su expresividad de bisonte de Altamira”, dice Hiriart. De acuerdo. Pero el hombre o mujer que pintó ese bisonte no era un aristócrata decadente, ni un snob que proclamaba la virtud de la pobreza. Ese alguien vivía en una cueva y sobrevivía de lo que cazaba y recolectaba. Y un día, tras satisfacer esas necesidades, tuvo otras más elevadas y pintó al bisonte.
La fuerza de esa pintura no se logra mirando al pasado, sino hacia adelante. No se logra escupiéndole al dinero, que es sólo una versión más sofisticada de la caza y la recolección. El dinero es un medio, no un fin en sí mismo, pero es muy importante. En cada concierto, Bruce Springsteen le cobra al espectador por su boleto, pero luego busca darle “algo que no se puede pagar con dinero”, una comunión con la música y los demás espectadores, que genera una experiencia incomparable.
Eso, en efecto, no se puede pagar con dinero. Pero se necesita dinero para que se logre.
Hábilmente, Un diagnóstico inoportuno… cierra con dos sofismas en un mismo párrafo, que cito completo:
“¿Ven ustedes por qué estoy seguro de que nadie va a admitir mi prospecto de reforma y algunos, nunca faltan, llegarán a tenerme por demente perdido y loco manso, por haberme atrevido a anunciar estas audaces cuanto oportunas medidas?”.
Ese “¿ven ustedes?” de Hiriart es como el “en definitiva” que Bruno Bert usa para terminar todas sus críticas en Tiempo Libre: no llega a ninguna conclusión, pero genera la ilusión cuchicuchesca de que sí. Cuando Hiriart dice que “nunca faltan” quienes lo descalificarán, recurre a la manipulación más vieja del mundo: le advierte al lector que si no está de acuerdo con él, no puede ser inteligente como él. Se cura en salud, pues.
Yo no creo que Hugo Hiriart sea un “demente perdido” ni “loco manso”. Al menos, estoy seguro de que “manso” no es. Simplemente sé que no ha levantado un proyecto teatral en México hace demasiado tiempo, y por ello está un tanto fuera de la realidad que busca diagnosticar (el anunciado “pronóstico” ni siquiera lo intenta). En cuanto al teatro mexicano, mi diagnóstico está en los párrafos anteriores.
quijote009
/ April 2, 2011Zurita, como casi siempre, tienes razón, o eso parece. La verdad yo no sé nada de teatro, pero el problema que planteas se puede equiparar a muchos otros que ocurren en distintos ámbitos; y tu conclusión es de lo más razonable.
Mucha gente cree que las soluciones están en los ideales y en los sueños, generalmente en los propios. Ellos se equivocan, nuestro cerebro esta hecho para resolver problemas puntuales, incluso los genios necesitan ir paso a paso aunque cuenten con piernas más largas. Definitivamente creo que el mundo sería mejor si las personas se dedicaran más a resolver los problemas que tienen a la mano y menos a llenarse la cabeza con tribulaciones que de cualquier manera no podrían resolver.
Saludos.
Pd.
La neta si da gusto leerte y oírte. Esta semana DMD estuvo de pocas tuercas.
No te puedes olvidar del gordo de la taquilla, ¿verdad?
Jonathan Aguilera
/ April 3, 2011No soy exactamente un asiduo espectador de teatro, pero sí me gusta, y mucho. Acudo en promedio una vez al mes, lo cual es bastante en esta ciudad (conozco gente que no ha visto una obra en su vida). Y no se diga en provicia, donde sólo hay uno o dos teatros, o ninguno.
Como aficionado, he identificado algunas razones por las cuales la gente no va al teatro, que son:
1.- Es ignorante. Ni modo, así es. Quienes no crean sólo chequen los resultados de las pruebas PISA que aplica la OCDE.
2.- Esa ignorancia repercute negativamente en lo que la gente cree que es el teatro. Muchos tienen el chiché de que todas las obras son tragedias griegas, lentas y aburridas. Si a eso le agregamos que acostumbran ir al cine a ver películas como Transformers y Scooby-Doo, pues una obra no parece muy atractiva.
3.- Para mucha gente es caro. Sobre todo las obras horribles de OCESA, que también son las que más publicidad tienen. Las producciones menores y las auspiciadas por el gobierno simplemente no existen. Sólo los entendidos y quienes escarbamos por gusto propio en periódicos, publicaciones especializadas y programas como DMD sabemos de ellas.
4.- Las obras espantosas hechas por personas que no son profesionales, sino amigos de algún productor o funcionario. La misma situación que pasa en el cine mexicano y que ha alejado al público de las producciones nacionales. Pero en este caso las consecuencias son todavía peores, por la inversión que se realiza y por la reticencia que se tiene hacia el teatro. Si una persona que se arriesga a ver una obra y decide hacer un mayor gasto, al final se topa con una cochinada, creéme, no regresa (también conozco casos).
5.- La gente no valora el teatro, ni el cine, ni los museos ni cualquier expresión artística. Por eso quienes sí pueden pagar 700 pesos por una obra consideran que es caro; y quienes pueden desembolsar 40 o 50 pesos por ver una película, muchas veces optan por la piratería. Lo mismo con la música. Además, opiniones como la de Hiriart refuerzan la pendejada de que el gobierno debe auspiciar todo el arte y la cultura. Y sí debe contribuir, pero en una mínima parte. El teatro debe ser una industria que se sostenga por sí misma, que genere empleos y pague impuestos, como cualquier otra.
Siempre es un gusto leerte.
Edraven
/ April 12, 2011Maestro Zurita:
Por principio de cuenta una disculpa por realizar este post en un tema que sin lugar a dudas no tiene nada que ver, sin embargo no se me ocurrio otro medio donde hacerte llegar lo que pienso, no se si esta botella tocara playa o si llegará a tus ojos, pero aún asi la aviento al mar.
Sabes, soy uno de los “70,000″ que pagaron boleto lo que me convierte en uno de los “7,000,000″ o más de los “tarados” seguidores de Caifanes, hablare por lo que a mi respecta, como bien dices eso de tomar estandartes y aventarse a luchar por el orgullo de la “Banda” es una payasada, a mi me gusta el trabajo que hicieron, sobre todo en los discos “El Diablito” y “El Silencio”, no se si marcaron una generación, pero mi adolecencia y juventud estan ligadas a la epoca en que lanzaron esos discos.
Tu con tus gustos como Dylan o aún mas aterrizados como Jaime López (me buscarias para madrearme si te dijera que me parece Ricardo Arjona pero con actitud), carajo, hoy con tu actitud me ayudaste a entender que lo que nos gusta es lo bueno y que lo que le gusta a los otros esta fregado.
Coincido contigo en muchas cosas, por algo declaradamente eres mi idolo y por eso casi religiosamente sigo tu trabajo en radio y otras participaciones que realices por cualquier medio (escrito, teatro, tv), y creo que tienes razón en que Marcovich hoy lleva la nota cuando Sabo se la ha pasado chambeandole en la musica desde grupos que inician hasta participaciones con Benny Ibarra, esas si son payasadas, pero el anhelo y nostalgia de tiempos pasados nos van a tener cautivos.
Algo es seguro, mañana te estare escuchando nuevamente y festejare el 99% de tus comentarios, hoy por desgracia me toco estar del lado del 1% donde no coincidimos, bueno, recalculemos, 98% a favor y 2% en contra (Caifanes y José Alfredo Jiménez que a mi si me gust, tal vez porque mis Papás son de Guanajuato y es lo que escuche de chavito, junto con Julio Jaramillo y otras cosas de la epoca).
Tengo a mi cargo un área, uno de mis colaboradores acaba de poner a Ricardo Arjona, en un ejercicio de tolerancia no grite que quitara esa mi#$da. aunque comienzo a entenderte y estoy por ejercer el pequeño poder que tengo diciendo que me caga, que todo lo que hace es una payasada y que el es un tarado por escucharlo ¿Estas de acuerdo en que lo haga?
La Tepantonga
/ April 15, 2011El teatro moderno casi siempre me da gueva; es shuper jalado para los intelectualoides o extra baboso como para hojalateros venidos a más y sus chamacos subnormales. Me encantaría que fuera como en tiempos de Chaquespeare; toda la raza metida en el teatro (sin asientos en la parte de abajo) chupando cerveza y comiendo botana, chamacos correteando, señoras conmovidas llorando a lágrima, moco y baba, carcajadas celebrando cada picardía, mentadas de madre para los malos de la historia. Y si a la raza le gustaba mucho una escena, pues los actores la repetían. Y si les gustaba mucho la obra, pues se la volvían a aventar. Eso sí me gustaría verlo.
Ah, y hablando de Chaquespeare, ayer se mencionó en el programa una pelìcula que gira en torno a la hipótesis de que el Bardo bien pudo haber sido una mujer judía. El término de “marrano” que causó tanta hilaridad (y resoplidos cuchescos) definía en aquellos tiempos a los judíos que bajo amenaza de exilio o muerte, abjuraban de la fé de sus padres y se convertían al catolicismo PERO continuaban practicando el judaísmo en secreto.
Por último, a mi sí me gusta “El sexo debil”, y no me molesta que a ustedes no, después de todo, no se puede coincidir en el 100% de las cosas. Es como la advertencia que Carlos Mencía hace a su público; les van a enloquecer la mayoría de sus gags pero eventualmente, en alguna parte del show, cada quien dirá “No , Carlos. No…”