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Temas, tramas y traumas de un amante impotente... perdón, de una mente imponente

“El futuro es milenario”: Jaime López y la conciencia cultural

Una vez le preguntaron a Taj Mahal cómo le había hecho para mantenerse vigente tantos años en el mundo de la música. El bluesero no dudó ni un segundo: Cultural awareness, respondió.

Ese término, que en castellano se traduciría como conciencia cultural, es perfecto para definir el modus operandi de Jaime López como compositor y cantante.

Tener conciencia cultural significa darse cuenta, como Isaac Newton, de que si se quiere ver más allá del horizonte, uno tiene que “pararse sobre los hombros de los gigantes”.

Los gigantes son, por supuesto, quienes abrieron brecha para que los hombres del presente llegáramos adonde nos encontramos ahora. Para Taj Mahal, los gigantes son Blind Willie McTell y Sun House, por ejemplo.

Entre los héroes que forjaron la patria de su mente, Jaime López tiene a Bob Dylan y Cuco Sánchez, el Piporro y Leonard Cohen, Resortes y Camarón de la Isla, Francois Villon y Mike Laure, Hank Williams y Chuck Berry, el Pájaro Alberto y Felisberto Hernández, Jack Kerouack y Toño de la Villa.

Pero tener conciencia cultural significa mucho más que tener influencias y dejarse guiar por ellas. Siendo muy joven, Jaime López fue descubriendo y después inventando su propia mitología. Nació en Matamoros en 1954, pegado al Golfo y a la frontera. Y luego, debido al trabajo de su padre en el ejército, recorrió el norte de Nogales a Juárez, y de ahí a Loreto (Zacatecas), Guadalajara y después a Cerro Azul, Veracruz, para finalmente aterrizar en el D.F. en 1969, el año de Woodstock y del hombre en la luna.

“Salí de Cerro Azul aquella noche yo/ Las cálidas palmeras me decían adiós/ Llegué a la Capirucha una mañana gris/ Del Golfo, andar de golfo pateando el veliz”. Así empieza “Pizarrón”, en la que López escribe su propio principio en una canción cuya letra embona perfectamente sobre la melodía de “Johnny B. Goode”, con la que Chuck Berry hizo el canto a sí mismo, precisamente en 1954

Hacer un “Johnny B. Goode” propio es un ejemplo perfecto de la conciencia cultural de Jaime López. Es un inventarse y un darse cuenta de quién es uno, para así poder convertirse en la mejor versión de uno mismo.

Bob Dylan ha dicho que uno no debe instalarse en “ser” algo. Sino que siempre hay que estar en proceso de “convertirse en” algo. Esta metamorfosis perpetua evita el estancamiento. Jaime López sabe esto y por eso, al igual que Dylan, reinventa constantemente sus canciones, cambiándoles el ritmo, el estilo y hasta el género, expandiéndolas hasta los límites de su belleza.

Ya he comparado a López con Picasso en otros artículos. El genio de Málaga estudiaba los estilos pictóricos hasta dominarlos, para luego convertirlos en otra cosa: en cuadros de Picasso. Del mismo modo, López domina los géneros musicales y los transforma en canciones de Jaime López.

Estas transformaciones no son algo que agrade a todo el mundo. Cuando Camarón de la Isla metió bajo eléctrico y batería en  La leyenda del tiempo, muchos dijeron que eso no era Camarón, que eso no era flamenco. Hoy en día, ese disco se considera su obra maestra.

Cuando Dylan “forzó al folk a meterse a la cama con el rock”, el público folkie lo abucheó hasta el cansancio. Y cuando López se presentó en Televisa (1985), cantando en Siempre en Domingo y concursando en el OTI, la izquierda cursi lo atacó desmesuradamente.

¿Qué estaba haciendo López al entrar a Televisa, fango prohibido por la sacrosanta culturita de La Jornada? Estaba abriendo puertas. Estaba cruzando fronteras. Tenía la suficiente conciencia cultural como para darse cuenta de que justo eso, lo prohibido, era exactamente lo que debía hacer. Como cuando Louis Armstrong tocaba para públicos blancos y era duramente criticado por los de su misma raza, incapaces de darse cuenta de que el gran “Satchmo” estaba combatiendo la segregación desde adentro.

Hoy en día ya pasaron 25 años desde que López hizo su volcánica aparición ante el público masivo, vía Raúl Velasco. A estas alturas, ya nadie duda de su capacidad como el mejor letrista del país. Sin embargo, la canción que compuso junto con Aleks Syntek, para conmemorar el Bicentenario, ha vuelto a colocar a López en el centro de la polémica.

La canción, llamada “El futuro es milenario”, ha sido tan criticada, que Syntek canceló su cuenta de Twitter, harto de los ataques anónimos hacia su estilizado huapango.

Hasta ahora, ninguno de los atacantes ha asumido la responsabilidad de pensar, y así no se pueden esgrimir argumentos sólidos. Uno de los peores dice que la canción “no está a la altura de González Bocanegra”. ¿Era González Bocanegra un gran compositor? ¿Es el Himno Nacional una gran canción?

Mi opinión no viene al caso ahora. Pero lo interesante de la declaración que alude a la altura letrística de Bocanegra es que no la cuestiona: el Himno es grandioso y Bocanegra también y punto. En cambio, la canción de López y Syntek no goza de ninguna protección especial: se tiene que defender sola de los ataques, que además vienen cargados de descontentos y odios que ni siquiera le corresponden.

Una vez dicho esto, preguntémonos si la canción es buena. Es decir, si tiene valor artístico. Musicalmente, hay ecos de Moncayo y su Huapango, pero transportado al estilo de Syntek, cuyas influencias lo acercan al rock más cercano al jazz, como Steely Dan y Joe Jackson. Quien haya escuchado el disco Night & Day de Jackson (que trae la famosa “Steppin’ Out”) se dará cuenta de que Syntek hace con el huapango lo  mismo que Jackson hace con la salsa y otros ritmos neoyorquinos.

Hay quien ha dicho que a “El futuro es milenario” le falta poesía. Bueno, estrictamente hablando, el título de la canción es poético, porque lo milenario, en lenguaje prosaico, es el pasado.

Recuerdo una canción en la que López echaba mano del mismo recurso literario. Se llamaba “Nostalgia del porvenir” y tenía la gran frase “¡Qué tiempos aquellos, los que vendrán!”

Nostalgia del porvenir es un buen término para definir el sentimiento que prevalece en “El futuro es milenario”, y que alcanza su clímax en el canto de muchos niños que anuncian que “allá vamos paso a paso”.

Además de los niños, las otras voces son Syntek y López. Y sus roles en la rola son clarísimos. Empieza Syntek en el presente, cantando que “el alma vuela y revuela en la gran celebración”. La voz de López, que aquí define a México como “flor que se da al calor del horno de barro” parece salida de uno de los primeros fonógrafos. Así de ancestral y primigenia, como un pasado siempre presente. Y al final están los niños: el futuro encarnado.

Si se están preguntando por qué hay un “Shalalalala” que se repite como mantra, tal vez la respuesta venga en la línea “gozamos la variedad de ser mexicanos”. A estas alturas del partido, México ya no es el “islote intocado” que tanto orgullo le daba a Luis Echeverría. México forma parte de la aldea global, y “el folklor de los folklores, que es el rock” (frase del propio López) ha permeado sus fronteras. Shalalalala es un esperanto que desde los Beatles hasta Lou Reed han cantado. Y los Beatles son parte importante de de la dieta musical del mexicano.

“El futuro es milenario” no es solemne, no es un himno, y estrictamente no es un huapango: es el retrato musical de un México que está en movimiento.   

http://www.youtube.com/watch?v=JjjPwIL6afQ

 

The greatest of all time: Dylan fights in Vegas

I knew who Muhammad Ali was way before I knew who Bob Dylan was. The first time I ever saw Ali was on television, losing by technical K.O. to Larry Holmes. The year: 1980. The place: the Caesars Palace Hotel in Las Vegas, Nevada.

Watching Ali’s manager throw the towel in the eleventh round that night hurt me like hell, even though I had only known of Ali’s existence for a few hours. Thirty years later, last Wednesday, Bob Dylan took the stage at the Colosseum, inside Caesars Palace, to  play one of the most dramatic concerts I’ve seen of him in the last decade.

Every single aspect of the evening seemed to be in cahoots for the concert to fail: the Colosseum has an identity crisis and doesn’t know if it wants to be a concert hall or an IMAX theater. And the audience, well, it is the middle of August and there’s a record-breaking heat outside, so almost everybody is drunk. And that drunkness reached its point of euphoria when John Mellencamp was on stage. Now, three drinks after, that audience does not want to listen to anything that is not explosive.

They want to parrrrteeeee. And Dylan, well, he is in the mood for love. The second song of the show is “Lay, Lady, Lay”. He takes the center of the stage to sing it and play beautiful harmonica in it. But nothing happens. He is trying to serenade a woman who is just not interested. Then he plays lead guitar -superbly- in “Stuck Inside Of Mobile With The Memphis Blues Again”, but the audience remains comatose.

Then he decides to play his most irresistible love song: a cathedral named “Just Like A Woman”. He makes the keys of the organ sound phantasmagoric. There is smoke coming from the incense that is always burning during his shows, and this gives the song a beyond-the-grave effect. Dylan looks like a character from an Edgar Allan Poe story: like Vincent Price singing his love to Legia.

The band follows that amazing, but ignored, rendition of “Just Like a Woman” with “Rollin’ and Tumblin’”. And maybe the line “Some young lazy slut has charmed away my brains” had something to do with what happens next.

In bullfighting, when a matador faces a bull that is not willing to give a good corrida, the worst thing he can do is to let the beast have its way. He can’t force it to do what he wants it to do, neither can he let it take control. In a situation like that you have  to stand your ground, patiently provoking the animal to attack.

“You think I’m over the hill/ You think I’m past my prime”, our matador sang in “Spirit On The Water”. Let me see what you got/ We Can have a whoopin’ good time”, he dared. And then he stood up and took center stage again, fixed his hair, grabbed his belt with his left thumb and delivered a powerful, raging “Cold Irons Bound”. The crowd cheered in ecstasy. Dylan did not let go and made it a one-two punch with “Forgetful Heart”.

It was like watching Muhammad Ali on the rope-a-dope in the legendary Rumble in the Jungle. In that fight, Ali did not “fly like a butterfly” like he used to. Instead he went to the ropes and let George Foreman hit him until Foreman got tired, and then Ali counterattacked and won the fight by knockout.

Did Dylan use the rope-a-dope strategy at the Colosseum last Wednesday? I don’t know. What I do know is that that concert felt like a beautiful victory, an example of grace under pressure. After an amazing faena of songs, he went for the kill with the best, scariest live version of “Ballad Of A Thin Man” that I’ve heard in the 48th Dylan concerts I have attended.

If this had been a bullfight, Bob Dylan would have ended on the shoulders of the adoring crowd that finally got what it wanted: a fiesta. It was the birthday of bassist Tony Garnier, Dylan’s most loyal wingman (more than 2,000 concerts together confirm this) so the band and the audience sang “Happy Birthday” for him. 

Then, after “Like A Rolling Stone”, the evening ended. Outside the Colosseum/ inside the casino, people gambled, oblivious of what had just happened: thirty years later, in a place filled with rubble, the greatest songwriter of all time painted his masterpiece to avenge the greatest boxer of all time.

En defensa de la tauromaquia

Ahora que la tauromaquia ha sido prohibida en Cataluña, me llaman la atención la saña, la arrogancia y la hipocresía de los autoproclamados defensores de los animales.

Sus argumentos parecen indestructibles. La crueldad contra los animales es algo que no debe permitirse, dicen. Y luego rematan, con los ojos inyectados de ira, que por qué no mejor me clavan banderillas y me pinchan los huevos a mí, o a cualquier otro que no esté de acuerdo con ellos.

En su discurso hay varios no conceptos. Es decir, afirmaciones que suenan coherentes y verdaderas, pero que realmente no lo son.

Decir “no a la crueldad contra los animales” es como decir “no a la pobreza”. ¿Quién va a estar en contra? Nadie. Pero si yo digo que para acabar con la pobreza hay que abolir la propiedad privada, expulsar los capitales extranjeros y matar a todos los ricos (y las tres cosas se han hecho “por el bien” de muchos países)  entonces habrá quien esté en contra.

Para hablar de crueldad hacia los animales, hay que ponernos de acuerdo sobre qué entendemos por crueldad.
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Estampida de estampitas-105

Hola, bienvenidos nuevamente a Estampida de estampitas, el lugar de sus fotos favoritas.

El día de hoy hablaremos de la amistad. Qué bonito es tener amigos, ¿no creen? Aquí hay una foto que representa la amistad entrañable de tres personitas muy especiales:

Ellos son Carlitos Monsiváis, Carlitos Salinas y Elenita Poniatowska. Y su amistad ha resistido hasta la muerte de Monsi, como le decían al Carlitos de la izquierdita.

El otro Carlitos (Salinas) y Elenita tienen otro amiguito al que apodan El Peje:

Lo quieren mucho, porque él también va a salvar al país igual que ellos lo han salvado tantas veces. Vean qué bien está el país gracias a que ellos lo han salvado. ¡Porque México también es su amiguito!

Nostalgia presente

El niño solo.

Lo veo. Ahora mismo. En presente.

Corre por el campo.

Hace un muñeco de la nieve de su mente.

Siente caer la lluvia:

el espectáculo de la lluvia.

Los rayos, los truenos

y las nubes de hierro.

Cuando el mundo era más fresco

y él no sabía que estaba solo.

Camina con el viento en la cara,

protegido por las montañas

como un pequeño rey de su tiempo.

Él en su presente sin mirarme a mí

que de repente lo contemplo.